Doblarle la mano al destino después del Sename

Claudio Yáñez (41) es ingeniero civil industrial y ocupa un cargo de Alta Dirección Pública en el Servicio de Salud Metropolitano Sur-Oriente. Tiene dos hijos y parte de sus recuerdos de infancia y adolescencia son los cinco años que vivió institucionalizado en centros de la red Sename en la V Región. Hoy, desde Fundación Ecam –formada por egresados de casas de menores– siente que tiene algo que decir: alentar a quienes están en los hogares para cumplir sus sueños.

Era 1991, tenía 14 años y había ingresado por segunda vez al COD -Centro de Observación y Diagnóstico- de Playa Ancha, en Valparaíso, V Región. Este tipo de recinto -que hoy se conoce como Cread-, recibía a menores por protección y a algunos infractores de ley. En el comedor todos formaban filas ordenadas según pabellones, y los educadores de trato directo, que eran funcionarios de Sename, estaban sentados aparte. “Era una mesa muy larga y almorzábamos por grupo. Estaba la embarrada”, recuerda más de dos décadas después Claudio Yáñez (41), ingeniero civil industrial de la Universidad de Playa Ancha y actual jefe del departamento de auditoría interna del Servicio de Salud Metropolitano Sur Oriente, mientras bebe un café americano en un sitio vidriado al borde del metro Elisa Correa, en Puente Alto. Hace frío y un rayo de sol golpea un lado de su rostro.

Durante cinco años, entre los 11 y los 16, su vida fue un tránsito entre hogares de menores y recintos pertenecientes a la red Sename, en la V Región. Ese día, en el COD, nadie quería comer el menú y el pan era la moneda de cambio. Se reían, molestaban, lanzaban las pantrucas de un lado a otro. “Nos habían llamado la atención dos o tres veces y seguíamos jugando. En eso, se para Luis Cortéz –educador de trato directo y hoy presidente de la Asociación Nacional de Funcionarios Regionales del Sename-, llama al más grande, el Isamit, que debe haber tenido unos 15 años, y con una cuchara de fierro de esas de la Armada le dice que le pegue a cada uno de los niños en la cabeza. Era una cuchara para comer, pero muy pesada y dura”. Eran unos 20 niños, se formaron en fila y fueron recibiendo el golpe de su propio compañero, para luego ir a sentarse a su mesa. “Es uno de los dolores más fuertes que he sentido (…). Y ellos cagados de la risa”, dice Claudio. Y sigue: “Después que le pegó a todos (Isamit) Luis le dijo: ‘Puta, se te pasó la mano, dejaste a todos llorando’. Le quitó la cuchara y le pegó a Isamit. Me acuerdo de eso, y si no es una burla, abuso, maltrato o tortura, no sé cómo calificarlo”.

Estuvo en el COD de Playa Ancha en dos oportunidades, a los 11 y a los 14 años y asegura que era crudo por la violencia y la vulneración de derechos. Temas en los que ha ido tomando conciencia con los años, “porque cuando estás ahí es todo tan normal: si te portas mal te pegan, si estás en la fila y molestas más de lo necesario le pegan a todos. Bajo esos códigos te desenvuelves. Estaba naturalizado el maltrato. Los educadores de trato directo que estaban ahí, que eran funcionarios de Sename, siento que jugaban con nosotros. Se entretenían golpeándonos”.

El desarraigo familiar

Nació en junio de 1976 en el Hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar y fue hijo de una madre soltera, Silvia Bahamondez, quien trabajaba como asesora del hogar. Ella vivía con su amiga Teresa Aguilera, quien se transformaría en su madrina de bautizo. Como su madre no podía asistir al trabajo con niños, pero su madrina sí, ella lo levantaba antes de las seis de la mañana, salía con él envuelto y se iban a trabajar juntos. “Estaba todo el día con ella: me alimentaba y cuidaba”. Cuando aprendió a hablar, comenzó a decirle mamá a su madrina y a su madre la llamaba por su nombre. “Era el regalón. Para mi mamá creo que fue incómoda esa distancia. Aparecía el momento en que había que corregir, porque me portaba mal o era mañoso, y me corregía pegándome. Ahí intervenía mi madrina”. A su padre, Juan Antonio Yáñez –quien en ese tiempo trabajaba en el Casino Municipal de Viña del Mar–, lo veía poco. “No cachaba esa onda del papá. No era una figura presente”.

Cuando tenía seis años y cursaba primero básico, la madre se casó con otro hombre. Ella tuvo un nuevo hijo y comenzaron a haber muchas peleas entre la madre y la madrina por la mala forma en que la madre trataba a Claudio. Ahí el padre intercedió y lo envió con su abuela y tía paternas a Tocopilla, a quienes Claudio no conocía. “Me querían mandar solo, pero mi madrina intervino. Ella siempre fue una piedra en el zapato para mi mamá y mi papá en términos de mi crianza y de lo que era mejor para mí”. Claudio vivió en Tocopilla durante tres años: jugó bastante en la calle, asistió a la escuela y atesoró recuerdos entretenidos. “Mi abuelita era buena conmigo, me quería”.

Pero su tía quedó embarazada y debió regresar a Quilpué, a la casa paterna. No alcanzó a vivir ahí un año y fue devuelto con su madre biológica: esta vez  el padre se iba a trabajar a Venezuela. “Fue súper duro. Mi papá sabía que yo le decía Silvia y me explicaba que ella era mi mamá. Me dijo: ‘cuando la veas, le tienes que decir mamá’”. Al verla, acató, pero dice que fue un shock. “Fue heavy porque no había apego. No quería vivir con mi mamá, no me gustaba su casa”. Según relata Claudio, Silvia y su familia vivían en ese entonces en una mediagua, en una toma en la población Villa Belén, en el sector de Santa Julia, en Viña del Mar. “Es como si llegaras a cualquier parte. Tienes que instalarte pero no tienes cama, pieza, no tienes un lugar. Había un baño, un pozo séptico. Las paredes eran de madera de todo tipo, forradas con cartón por dentro. Fue una situación bien dura”. Compartió pieza con su madre y su esposo, quienes dormían, al igual que él y su medio hermano, en una cama de una plaza. “En la casa de mi madrina, en la casa de mi abuela en Tocopilla o en Quilpué tuve mi espacio, aunque lo pasé mal en la casa de mi papá, porque era un hombre extremadamente violento, con todos”.

Mimetizarse para sobrevivir

Con cerca de diez años, admite, se puso más violento. Comenzaron los insultos a su madre y a su pareja, y las escapadas a la casa de su madrina. Pero no dejó de ir al colegio. “Empezó a crecer un sentimiento como de tristeza. En todos lados sentía que estorbaba, que no era mi lugar ni mi espacio”. En una de esas huidas, Marta, la hermana de su madrina, lo llevó a los Tribunales de Familia de Viña del Mar. Ese mismo día aterrizó por primera vez en el COD de Playa Ancha. Era fines del verano de 1987. Estuvo en el recinto seis meses, mientras le buscaban una plaza en algún hogar en función de su perfil sicosocial.

Fue un tiempo acotado,  pero hubo un cambio importante desde el día que pisó el recinto por primera vez. “Notas que estás en un peligro latente. Es un ambiente muy agresivo. El sistema, la infraestructura, la relación que hay con estos tipos, el abuso de poder, el maltrato, la tortura, los golpes, los abusos sexuales, todo lo que ves; esa cuestión es una cárcel. Por más que te digan ‘esto es un lugar de tránsito para llegar a un hogar de menores súper bonito’, el tránsito por ese lugar es lo peor que hay”, asegura hoy. Dice que sentía miedo a que le pegaran. “No entendía bien el tema sexual, hay cabros que te amenazan: ‘te voy a agarrar, llegó carne fresca’, te dicen y que te toquetean”. Claudio lo vivió y explica que es una forma de amedrentamiento, para decir “puedo hacer esto si quisiera (…). Es para ver también cómo reaccionas, si eres o no eres choro”. Él tenía miedo y no reaccionó con mucha violencia, pero se defendió. “No permití que me volvieran a tocar”, detalla.

En ese momento sintió que tenía que mimetizarse lo más rápido posible con sus compañeros del COD. “Si el tipo es choro, también tienes que ser choro. Si habla de una determinada forma, tú también (…). Ahí la diferencia no existe, se castiga. La debilidad también se castiga. Si hubiese sido un niño ordenadito y correctito, olvídate, no sobrevivo en ese lugar”.

De esos años recuerda una escena en la que un chico comía naranja en una azotea que estaba como a tres metros de altura, en un pasadizo entre dos edificios, y lanzaba las cáscaras hacia abajo. Otros dos se peleaban por llegar antes a ir a buscarlas y comerlas. “‘¿Quieres naranja? Anda a buscarla’, decía el cabro de la azotea. Esa imagen me marcó mucho (…). Hasta ese momento no me había comido la cáscara y luego entendí que tenía que comerla”, cuenta, mirando un punto inexistente.

El resultado de la búsqueda que realizaron los técnicos del Sename fue el Hogar Monte Tabor de Quilpué: una casa hogar -del tipo Ocas-, donde vivían 12 niños entre 10 y 17 años, y era administrada por un matrimonio: Rodolfo Quero y Ligia Valenzuela. “Se dio una vacante porque estaban haciendo una especie de limpieza. Se habían armado ciertas parejas. Comenzaron a irse los más antiguos que estaban involucrados y empezaron a llegar cabros más chicos. Entre esos llegué yo”.

Una vida aventurera

Pese a que era un hogar pobre, donde a veces la comida escaseaba por falta de recursos y donde los castigos por portarse mal eran estar todo el día acostado, Claudio recuerda esa etapa como los años más bonitos. “Almorzábamos poco. Siento que pasábamos hambre porque cuando nos daban permiso para salir a la calle, que era poco, íbamos a las casas a pedir comida”. Tocaban el timbre en poblaciones de “casas bonitas” en Quilpué y preguntaban si tenían pan o fruta. O se metían a los patios de algunas viviendas grandes a robar higos, manzanas, damascos o almendras. Otros se las ingeniaban sacando alambres de cobre de las rejas para venderlos. “Buscábamos formas de ganarnos la vida (…). No teníamos nada. Éramos carentes de todo. En el hogar, por ejemplo, nunca tuvimos una bicicleta”, ejemplifica. En dos ocasiones inventaron rifas para comprar pelotas, con una cartulina y un timbre del hogar que les prestó “el tío”. Llegaron al centro de Quilpué a vender números “a beneficio de la pelota del hogar de menores”. “Éramos tan pobres que una vez el ‘Chueco Tello’ –a quien decían así por la forma de su columna–, se consiguió un carretón en la feria para que nos regalaran verduras. Pasábamos por los puestos y nos tiraban un poco de papa, zanahorias o fruta que estaban medias pasadas, antes de botarlas. Nos turnábamos para ir a la feria con el carretón. Fue una vida súper aventurera”. Sin embargo, hay cosas que, con el paso del tiempo, igual le dan pena. “El único momento en que te compraban ropa y sentías ese olor a nuevo, era cuando te compraban ropa interior. Ese olor de los calzoncillos y los calcetines nuevos… porque nos regalaban muchas cosas”, señala, mientras acerca sus manos empuñadas a su nariz, como si estuviera oliendo algo.

En total vivió entre tres y cuatro años en Monte Tabor, lugar donde confiesa que sintió, por primera vez, cierto arraigo. A pesar de que no recuerda haber recibido muchas visitas. “Mi madrina dice que fue, creo que debe haber ido una vez. En mis tiempos libres, como estaba en Quilpué, iba a preguntar por mi papá a su casa y siempre lo negaban. Nunca estaba. Un día apareció y me llevó un par de zapatillas. A mi mamá no me acuerdo de haberla visto”.

Era uno de los más antiguos y se trasformó en el regalón, al punto que compartía con el matrimonio y sus hijos durante los fines de semana, cuando el resto visitaba a algún familiar. Pero fue expulsado, dice, por un tema doméstico: “Vimos a la tía con otra pareja. Era una cosa que venía hace tiempo y le conté al tío. Gestionaron mi salida del hogar a partir de otras embarradas chicas, como que me había portado mal en el colegio, que peleé con un cabro… las juntaron y prepararon un informe”. Tenía 14 años y fue devuelto al COD de Playa Ancha. “Fue terrible y traumático tener que volver. Sabes a lo que vas”, dice hoy. Camino al recinto, cuenta, “el tío” le dio la posibilidad de escapar, pero él no tenía a donde llegar. “Nadie me fue a ver. Tenía que irme a la cárcel, no tenía otra opción. Hacerme consciente de eso fue súper triste. No tener a nadie es doloroso, frustrante, desolador”.

La huida y el camino propio

Claudio fue el primer institucionalizado de un sistema privado de libertad -el COD de Playa Ancha- que fue a un liceo público, el A-43, un politécnico. “A ojos de los demás era un privilegiado. Para mí era una tortura tener que salir, conocer el mundo normal y volver a encerrarme”, relata. Estaba en el colegio cuando la asistente social le dijo que tenía una vacante en el Hogar Refugio de Cristo, en Recreo, Viña del Mar. Llegó a los 16 años y lo trasladaron al Liceo Chileno Francés en Quilpué.

Partía antes de las 7 am para alcanzar a llegar, a veces no desayunaba y al regreso no le habían guardado almuerzo. Le sucedió varias veces hasta que un día se fugó: quebró el vidrio contiguo a la puerta con la mano derecha –que le dejó una cicatriz, que ahora exhibe-, la abrió, armó una mochila y se fue a la casa de su amigo Raúl Martínez, quien vivía al frente de la casa materna. Dejó de estudiar. Su madrina se enteró y fue a buscarlo, y lo llevó a vivir con ella. Iba al liceo pero debió buscar un empleo: comenzó a trabajar en un apart hotel de Viña del Mar donde hacía desde jardinería hasta las compras. Conoció a Óscar López de quien se hizo muy amigo; Óscar habló con sus padres para que ayudaran a Claudio y fue así como la familia López Cabrera lo apadrinó. Se mudó con la familia a Macul y en diciembre de 1993, finalizó cuarto medio en el Liceo Camilo Ortúzar Montt de esa comuna.

Durante los cinco años que dio vueltas en el sistema, precisa que nunca conoció a un visitador del Sename. “Nunca alguien fue para allá y me entrevistó”, explica. Con quien sí estrechó lazos fue con Elizabeth Farías, una asistente social que se hizo cargo de su caso y que él considera amiga y familia. “Nos hicimos muy amigos con ella y su familia. Cuando yo salía, sus papás me invitaban a pasar el Año Nuevo, la Navidad y el 18 de septiembre en su casa. Como que me apadrinaron”. No se trató de algo formal. En ese entonces, él estaba solo y su familia, ausente. “Nadie opinaba. No había ningún padre, ningún referente familiar que dijera ‘usted no se meta’. Estaba a la buena de Dios”, rememora.

Personas como la asistente social, dice Claudio, son las que, con el tiempo, le han permitido decir: “‘Gracias a ellos hoy soy lo que soy, un profesional y puedo estar aquí (…). No he llegado a los cargos públicos porque el sistema haya hecho un buen trabajo conmigo, sino porque he tenido la suerte, la gracia de Dios, de que se han cruzado en mi vida ciertas personas que han aparecido en momentos súper importantes, que me han ayudado a salir adelante en la vida”.

Ser dueño de tu destino

Uno de sus anhelos fue estudiar. “Siempre me gustó ir al colegio, fui bueno para el estudio. No siempre me saqué las mejores notas por todas estas condiciones. También tenía una serie de conflictos internos, no estaba tranquilo con la situación que me tocaba. Sabía que tenía una mamá, un papá y que cada uno tenía su familia por su lado. Y yo, solo, ¿por qué tenía que estar ahí?, me preguntaba”.

Luego de incursionar en la carrera de administración de empresas en el Duoc de Concepción, ciudad a la que llegó con Óscar López, Claudio retornó a la V Región. “Fue difícil porque no tenía la base en matemáticas, ni hábitos de estudio (…). Era una época de mucha incertidumbre, de no saber hasta dónde llegan estos compromisos y que en algún momento se puede cortar la relación”.

En 1995 Claudio estaba de regreso en Viña y matriculado en un preuniversitario. “Óscar me dijo: ‘yo cumplí’. Habíamos hecho el compromiso de no farrearme la oportunidad”. Vivía con su madrina, trabajaba de reponedor en un supermercado y por la tarde estudiaba. “Me convencí que era capaz”, dice.

Quería estudiar ingeniería comercial pero sus compañeros del preuniversitario le dijeron que “industrial la llevaba. Yo no tenía parámetros. Ellos me dijeron que era mejor”. Su anhelo era quedar en la Universidad Católica de Valparaíso y pese a que sacó 718 puntos en la prueba de Matemáticas y 648 en Historia, no le alcanzó el puntaje. Con todo, ingresó con 19 años a Ingeniería Civil Industrial en la Universidad de Playa Ancha. Corría 1996.

Hoy cuenta con orgullo que ese año, que fue el debut de la carrera en la universidad, estuvo entre las cinco primeras mejores matrículas y fue parte de los primero cinco egresados. Estudió gracias a un crédito Fondo Solidario. “A las primeras pruebas llegué muy nervioso, les tenía respeto. Al poco rato me instalé, me hice un lugar y me fue bien”. Su historia personal la guardó bajo siete llaves. En el camino debió lidiar con la pareja de su madrina, que llegaba pasado de copas y le impedía estudiar. Decidió ir a vivir a una pensión, solo. “Me tomé el compromiso en serio. Quería sacar esto adelante”, dice hoy, con tono enérgico. “Ya me sentía dueño de mi destino, estaba construyendo una herramienta para no depender de nadie. Sentí que iba a ser un instrumento para no pasar más carencias”.

Durante la época universitaria, Claudio conoció a Ximena Catalán. Pololearon y ella quedó embarazada. Se casaron en 1997, en San Miguel, en Santiago. Duró un año casado. “Siempre he querido tener una familia, pero no estaba preparado”, confiesa, e interrumpe su relato, con la mirada clavada al frente y los ojos vidriosos. Esa hija, Josefa, va a cumplir 20 años. Luego fue papá de Vicente, hoy de 13 años, con su ex pareja Claudia. Actualmente está soltero y vive en departamento cerca del Metro Colón.

Con tres diplomados y un magister cursado en su hoja de vida, Claudio obtuvo su primer cargo de Alta Dirección Pública a los 37 años, durante al gobierno de Sebastián Piñera. “Era para director del Hospital de La Calera y sin haber pertenecido a un partido ni conocer a Piñera”, aclara. Mientras estuvo en el cargo, acota, aumentaron en 80% la producción hospitalaria. Luego se desempeñó en estudios en la Superintendencia de Casinos y Juegos, y como auditor en el Instituto Nacional del Tórax y en la Subsecretaría de Educación Parvularia.

En abril de 2015 debió parar porque le detectaron leucemia. Estuvo hospitalizado y se recuperó. “Es crónica. Estoy controlado y tomo medicamentos a diario”, señala.

Desde junio ocupa el cargo de jefe del departamento de auditoría interna del Servicio de Salud Metropolitano Sur Oriente, del que dependen recintos como el Hospital de La Florida, Sótero del Río, Centro de Referencia de Salud de Puente Alto y el Hospital San José de Maipo.

El orgullo de ser niño Sename

Hace poco más de dos semanas, por una actividad de Ecam –fundación formada por egresados de casas de menores, de la que es gerente de proyectos y comunicaciones–, Claudio arribó a Centro de Internación Provisoria en San Joaquín. Ahí se entrevistó con algunos internos. “Les dije que era igual que ellos. ‘Yo vengo de acá, sé cómo se sienten, solos, marginado y que nadie los quiere’”, recuerda. Uno de ellos le respondió que estaban pasados de moda. “Se refería que nadie los pesca”, aclara.

Mirando en perspectiva su propia historia, hoy Claudio dice que su valor fue saber aprovechar la oportunidad. “A veces a muchos cabros también se le presentan este tipo de oportunidades, pero quizás son un poco más débiles de alguna forma y caen en el sistema, en el robo, la drogadicción o en otro tipo de cosas a las cuales se ven ambientalmente afectados, porque están en ese entorno”.

En marzo pasado, Claudio asistió junto a Matías Orellana, presidente de Ecam, a la Comisión Investigadora del Sename. La idea era poner a disposición de los parlamentarios sus conocimientos. Entre octubre y noviembre de 2016, además, trabajaron desde la fundación en una propuesta de la Comisión de Verdad y Reparación, junto al Consejo Nacional de la Infancia. “Eso quedó en el informe que fue rechazado”, asegura.

La marcha por la crisis del Sename convocó a poco más de 300 personas en Santiago. Pese a lo dramático, ¿es un tema que hoy no preocupa a la gente en el país?
Socialmente, si conversamos el tema, todo el mundo te va a decir que está de alguna manera sensibilizado con la situación. Pero no es como el ‘no +AFP’, que afecta al bolsillo de las personas en lo cotidiano, en el día a día. El tema de la infancia te llega muy colateralmente. Se dice que son niños que llegan a ser delincuentes, que son torturados, maltratados. La verdad es que es una realidad que está tan lejos de lo que vives todos los días, que no lo logras visualizar. Estamos tan insensibles, que hablar de violencia y maltrato en la infancia, en democracia, es como que estemos hablando del clima, de cualquier cosa (…). ¿Cuándo las personas lo hacen consciente? Cuando un menor de edad entra a una casa a asaltar o violenta a otra persona. Lo vemos en un portonazo, asaltando una bencinera, en la drogadicción, de mil formas. Hasta que no tienes un cabro chico que te está apuntando con una pistola para quitarte el auto, no dices ‘oye, acá hay un problema. Que alguien se haga cargo’. Ese es un caso extremo pero hay otros niños, cabros sanos, que son rescatables”.

¿Crees que es estigmatizante que los llamen “niños Sename”, como dijo Edison Gallardo?
Creo que ya no. En este minuto tenemos que sentirnos hasta casi orgullosos de haber salido de ahí, porque somos sobrevivientes. Le hemos ganado al destino. A ver cuántos de los que critican a estos niños, si hubiesen estado en las mismas circunstancias, hoy podrían decir que son o han logrado ser altos profesionales o altas personas… es terrible estar ahí adentro, y salir y poder convertirte en otra persona, transformar tu vida, no es fácil. Pero es posible. Y más  difícil aún, salir de ahí y no salir con son odio, violencia, agresión. Salir con ganas de construir, de crear, de trasformar. El tema es cómo mejoramos y cómo construimos hacia adelante.

Fuente: Paula.cl